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jueves, 16 de septiembre de 2010

La otra historia del himno nacional mexicano

Este texto es un resumen de un ensayito que hice para leer en uno de los coloquios de literatura mexicana que se hacen cada dos años en la Universidad de Sonora. Apareció publicado en Perfiles, sección cultural de El Imparcial, el 19 de septiembre de 2004. Pueden leer el ensayo completo en el Club Chufa Blog.
Corren rumores de que muchas piezas musicales que tenemos por muy sonorenses y muy mexicanas son en realidad plagios, préstamos de música europea. Los plagiarios suponían que las lejanas melodías jamás llegarían al Nuevo Mundo y que no habría que dar crédito por ellas.

Por ejemplo, en 1830, el alemán Friedrich Willhelm Kücken (en la imagen de la derecha) compuso una marcha de guerra llamada “Wer will unter die Soldaten”, es decir “Él quería ser soldado”. Años más tarde, nuestro Jaime Nunó —que más bien era catalán— nos da una pieza sumamente similar como himno nacional.


Como sabemos, la letra del himno nacional, el poema, fue escrito por Francisco González Bocanegra. Ya anteriormente otros poemas habían intentado convertirse en el Himno de México, pero aun cuando eran oficialmente impuestos, el pueblo los olvidaba.

Y esto sucedió con la música igualmente: en 1849, el relativamente famoso compositor austriaco Henri Herz visitó México y se comprometió a componer la música para un himno nacional, pero nunca compuso una nota.

Al mismo tiempo un obscuro poeta norteamericano, Andrew Davis Bradburn, escribió un himno nacional que fue imitado por el poeta cubano Juan Manuel Lozada y que a su vez fue imitado por el mismísimo Francisco González Bocanegra. El parecido entre los tres poemas es increíblemente sospechoso.

Un concurso convocado por Antonio López de Santa Anna fue el que unió la letra de Bocanegra y la música de Nunó por primera vez. El Himno Nacional haría su debut el 6 de septiembre de 1854, pero Bocanegra, en un ataque de lambisconería cambió la letra del himno y lo convirtió en un homenaje a Santa Anna. Para colmo, decidió utilizar la música que había compuesto el maestro italiano Giovanni Bottesini, y no la de Nunó. El castigo divino fue que Santa Anna no asistió al estreno.

O como le decían: "El Guapo".
El 15 de septiembre de ese mismo año se cantó por primera vez el Himno Nacional como lo conocemos hoy. A Santa Anna no le gustó porque no tenía suficientes halagos para su persona. Por que hay que notar que sí los hay: los versos del Himno Nacional alaban a Santa Anna y a Agustín de Iturbide, dos de los más grandes pendejos en la historia de México.

Bocanegra murió a los 37 años de edad después de creer ser implacablemente perseguido por el gobierno que derrocó a Santa Anna. Por la misma razón Jaime Nunó huyó a Nueva York, para regresar a México hasta 1901. Nunó murió muy viejo, después de haber compuesto la “Marcha heroica Porfirio Díaz”. Al parecer algo le atraía de los dictadores.

Curiosamente, Bocanegra y Nunó nunca recibieron el premio ofrecido por Santa Anna a los ganadores del concurso; según Gabriel Larrea, “mucho tiempo después el gobierno mexicano buscó a los herederos de los artistas y les otorgó no sólo el dinero, sino los derechos de autor del himno.”

Los herederos de Nunó —Bocanegra no tuvo hijos—, que eran estadounidenses, vendieron después los derechos a la empresa norteamericana Wagner Lieven, de Estados Unidos. Esta compañía cobra regalías cada vez que el Himno Nacional se toca fuera de México y es su verdadera dueña material.

Esto no sale en el reverso de las estampitas.

Ah, las estampitas... ¡eran la Wikipedia de los ochentas!

Hoy en día pocos ven el Himno Nacional como un poema. Años y años de una veneración ciega al himno lo hacen intocable. Hace pocos años salió la Ley sobre el Escudo, la Bandera y el Himno Nacional, la cual estipula que cantar el himno nacional, por ejemplo, con ritmo de blues o en rap es un delito federal sumamente grave.

Pero no es delito darse cuenta de que la verdadera naturaleza del himno: violenta, bélica, iracunda. Algunos críticos rancios consideran al himno mexicano “un mensaje de paz, de concordia y de amor”, lo que es absolutamente falso. El Himno Nacional es belicista, violento y obscuro. Está pensado para enviar al pueblo al combate y a la muerte.

Hemos visto que el discurso oficial ha intentado hacer del Himno algo que no es: un canto a la paz. Han tratado de pasar por alto que las fuentes de su letra y música son sospechosas. El Himno Nacional fue una creación turbia, producto de tiempos turbios.

Por fortuna, reconocer estas verdades y abandonar las admiraciones infundadas no disminuyen la calidad del producto final, del Himno, cualquiera que haya sido su historia. La única verdad del Himno, ahora mismo, debiera ser la rabia, la calidez de las notas que Nunó supo arreglar para que los versos de Bocanegra sonaran hermosos y terribles, como recién salidos del centro de la tierra, de los mismísimos infiernos.


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