ÍBAMOS A PASAR DE LARGO POR MAGDALENA de Kino, Sonora, porque era muy tarde como para pasear por mi poblado favorito en todo el mundo, y estaba el detalle de que yo no estaba al volante: mi primo Jesus “Hardigan” Pacheco manejaba su flamante Toyota Corolla blanco, y yo, a las dos de la mañana continuaba despierto pues él y yo tenemos un par de pactos entre caballeros; el que nos concierne ahora es el pacto de jamás de los jamases quedarnos dormidos cuando el otro está conduciendo.
El otro pacto consiste en que si envejecemos sin parejas sexuales, uno de nosotros se implantará un seno (uno solo, no estamos dementes) y el otro se implantará un glúteo de silicona y nos permitiremos —el uno al otro— acariciarnos esa parte erótica de nuestros mutantes cuerpos cuando nos parezca necesario el sedoso tacto de las curvas femeninas.
Poco después de pasar la caseta de cobro, el estéreo del auto llenaba los incómodos silencios con algo tan turco y gay como “Simarik” y los besitos de Tarkan. Es normal imaginar que no era el momento más badass y orgulloso de nuestro viaje; éramos algo así como lo contrario a un motociclista tatuado; éramos dos profesores con la camisa fajada yendo a algún lugar donde haríamos cosas de profesores.
Hasta que nos emparejó la camioneta del narco.

