sábado 31 de diciembre de 2011

PIRA PAGANA: AUTOPSIA DEL AÑO NUEVO

Los judíos lo celebran en septiembre, los chinos y los rusos a mediados de enero, los coptos el 11 de septiembre. Los japoneses envían tarjetas decoradas para año nuevo, y no para navidad. Los musulmanes tendrán dos años nuevos en 2008.

Uno de los momentos más gratos del año nuevo en nuestro mundo occidental es la importancia simbólica que le hemos dado al tiempo. Los diez segundos que pasan entre el 31 de diciembre y el primero de enero tienen un carácter ritual muy especial.

En primer lugar, esos diez segundos recuerdan a una bomba, al despegue de un cohete, al ultimátum de una madre enojada, al monólogo interno que, del uno al diez, nos tranquiliza cuando queremos enojarnos muchísimo.

Pero en lo profundo son diez segundos en los que la gente se sabe parte de una colectividad. Sin importar religión, raza, sexo, edad o condición económica, es la única ocasión en la que el mundo se reúne a celebrar algo que no existe: una unidad de tiempo impersonal.

Y es que no se celebra el cumpleaños del mundo o nuestro aniversario de vida en la tierra. No. Se celebra el simple hecho de que pasaron 365 días por el calendario, como si eso fuera especial y peculiar. Más cuando no existe una persona querida a quien felicitar por ello. Llanamente, celebramos los segundos, el tiempo.

El ser humano es un animal interesante. Aunque desdeñamos la prehistoria como la incivilización, la anarquía y la incomodidad, en verdad el ser humano sigue fascinado de las mismas cosas que el Cro-magnon y el hombre de Java: los ciclos, las cosas que se repiten, las cosas que finalizan en el inicio de otra.

Cuando el ser humano siente que una cosa se ha completado, el cerebro proporciona un sentimiento de tranquilidad y de sentido. Cada vez que uno conduce a través de un puente y sale por el otro lado siente una secreta satisfacción de haber terminado algo.

Si alguien ve un botón rojo, aunque no esté conectado a ningún mecanismo o aparato, de cualquier manera algo prehistórico, algo neolítico y lejano lo obligará a presionar el botón.

Cuando vemos que un año ha terminado sabemos que una cosa en la que participamos se ha terminado y el mundo es, por un momento, completamente nuevo. Es un poco decepcionante que el sol, girando alrededor de la tierra, es incapaz de darle al mundo un ano nuevo simultáneo.

Así que, en esencia, el último día del año hay un año nuevo cada milésima de centímetro de todo el mundo, mientras el recorrido del sol convierte el tiempo de cada lugar del que se aleja o se acerca en, exactamente, las doce de la noche en punto. Digamos, entonces, festivos: ¡Felices miles de millones de años nuevos, Oh, amplitud infinita del planeta!

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sábado 24 de diciembre de 2011

PIRA PAGANA - APUNTES PARA UNA FILOSOFÍA DE SANTA CLAUS

Santa Claus, de Gonzalo Ordóñez Arias
Le falta aún al archivo intelectual de la humanidad un filósofo de Santa Claus. Hay historiadores que exploran la figura histórica detrás del constructo mítico. Hay folkloristas que estudian su evolución desde un gnomo nórdico que robaba regalos hasta el simpático gordo que diseñó la Coca-Cola hace ya un siglo. Pero nadie se acerca con seriedad a la verdadera importancia de Santa Claus hoy en día.

Hay que mencionar primero que vivimos hoy en día una crisis de identidad colectiva pues poco a poco, como si la Edad Media hubiese vuelto rediviva de entre los calendarios muertos, hemos vuelto a olvidar los límites entre la realidad y la ficción.

En la Edad Media, cuando Alfonso X el Sabio leyó la Ilíada pensó que todo lo que estaba escrito allí era verdad, así que en su Historia General del mundo considera que Zeus, las sirenas y las parcas realmente existieron, algo así como los dinosaurios.

Cuando el año pasado la gente comenzó a releer masivamente El Código DaVinci la gente pensaba que lo que leía era un documental o un ensayo crítico duro y macizo, no una novela. Se nos había olvidado que lo que pasa en las novelas no es, necesariamente la realidad real.

Así que cuando pensamos en Santa Claus, comenzamos a decir que no existe, que es fruto de la ilusión infantil y toleramos que los niños crean en él para no romper con la burbuja de fantasía de la infancia.

Nada más necio que eso. Santa Claus es tan real como el electromagnetismo y tan real como la silla en la que está usted sentado en este momento. ¿Las tradiciones son reales? Sí. ¿Las podemos ver? No. No es cuestión de fe. ¿Tenemos fe en la gravedad? No. ¿Se ha medido o comprobado la gravedad? En verdad no, pero ahí está.

Tampoco es cuestión de decir “Santa vive en mi corazón”. Falso, santa es real y entrega juguetes de casa en casa por todo el mundo en una noche. Tan real es esto como que una partícula que no tiene cerebro decide moverse de una u otra manera debido a una voluntad real.

No deberíamos ponerle barreras a lo posible porque la historia no se ha terminado, y cosas que parecían absurdas hace treinta o sesenta años son hoy lo más normal del mundo. ¿Es absurda la idea de un gordo vestido de rojo que nos trae regalos a todos en una noche?

Jesús de Nazareth caminó sobre el agua, resucitó a un sujeto, convirtió a una gallina en roca, secó una higuera con su voz, transformó el agua en vino y, lo más impresionante: se murió, visitó el Infierno, liberó las almas que estaban presas allí desde la prehistoria y luego volvió a la vida para después irse con todo y cuerpo a vivir en el Empíreo.

¿Suena tan absurdo ahora creer en Santa Claus? Oscar Wilde dijo: “El ser humano puede creer en lo imposible, pero no creerá nunca en lo improbable”. Ahora nuestra tarea deberá ser, querida lectora, creer en ambas cosas.

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