No me lo tomen a mal, lectoras, todavía pienso que la política puede ser muy aburrida, pero en una suerte de gráficas convergentes, yo también me hago una persona cada vez más aburrida conforme pasa el tiempo, y pues bien: hoy soy como treinta años más aburrido que el niño que mencioné al inicio de esta que será, sin duda, una terrible entrada en esta bitácora.
Lo que sí entendía —o presentía—, como todo mundo, es que México está averiado. México es un caballo con las piernas rotas a quien nadie ha tenido la bondad de meterle un tiro o ponerle piernas biónicas.
Cabe recordar que también hace mucho tiempo escribí un ensayito sobre lo que yo haría en la presidencia de México. En resumen, sería un dictador terrible, pero con un plan bajo la manga: ser tan despótico, tan inexorable y malvado, que el pueblo no tendría otra opción más que levantarse en armas contra mí y, por fin, despertar del sueño del estoicismo inútil; revivir el zombi de la revolución por fin, dormido desde que las revoluciones en América comenzaron solamente a empeorar las cosas. En ese entonces no contaba con que la Primavera Árabe iba a venir a cambiar las cosas y a darle un poco de vida a la idea de una revolución social (y pacífica para mi sorpresa)
Así que el mundo de mis fantasías piromaníacas no es practicable ni sensato. Por eso quise acercarme a gente con verdaderas convicciones. Por eso me vine esta tarde a la plaza Trocadéro en París a la reunión de Morena (Movimiento de Regeneración Nacional) Francia. Quería ver qué se sentía no ser un analfabeto político.
Llegué puntual, a las tres de la tarde; acababa de llover y pensé que podría encontrar a los seis, diez, doce seguidores de AMLO (Andrés Manuel López Obrador, para quienes me leen desde Nepal) y entrevistarme cómodamente con ellos con la torre Eiffel como fondo de nuestra amena tertulia. Me dije "qué sorpresa me voy a llevar cuando sean cien o doscientos". La verdad estuvo entre una y otra posibilidad. Había un par de docenas de gente reunida con camisetas y banderas.
Mientras me paseaba entre los carteles hechos con marcadores y un enjambre de hipsters mexicanos, llegué al centro de operación en medio de la plaza. Ahí, una pila de camisetas a ocho euros cada una esperaban a que dijera dentro de mi cabeza: "no, gracias". Otra persona llegó con un cuaderno en el cual todos se apuntaban. Era tanto un registro de asistencia como una lista de correos. Le saqué una foto a la lista y ahora tengo un montón de gente a quienes enviar spam sobre mis cómics, oh yeah.
La parte más reveladora de la tarde vino cuando observé a un joven de camiseta naranja con —por supuesto— motivos prehispánicos mientras confeccionaba unos extraños dispositivos para los cuales utilizaba piezas de botellas plásticas desechables y cinta canela.
—¿Qué ondas, bro, qué haces?— le pregunté.
—Estoy haciendo escudos...— contestó sonriente.
—¿Escudos?
—Sí, por si vienen los granaderos.
—¿Qué ondas, bro, qué haces?— le pregunté.
—Estoy haciendo escudos...— contestó sonriente.
—¿Escudos?
—Sí, por si vienen los granaderos.
Fuck... Dentro de mi cabeza me quedé pasmado. ¿Compa, en verdad crees que los granaderos van a venir a madrear a mexicanos pacíficos haciendo bulla en Trocadéro? Wey, esta misma mañana Hollande y Obama están contándose chistes en la cima del G8 en Washington (lo vi en las pantallas del gimnasio, no crean que estoy normalmente tan informado).
Pero déjenme volver. Estaba haciendo escudos contra la policía antimotines. Escudos de botellas de plástico. Pegados con cinta. Con pinchi cinta canela. ¿Qué arma cree que tienen los granaderos normalmente? ¿serpentinas? ¿Amor? ¿Bolas de algodón? ¿Una grapadora abierta sostenida como pistola y que es accionada repetidamente resultando en una temible ráfaga de grapas? Empiezo a creer que esos escudos tienen la función de causarle a los malvados policías del régimen represor un ataque de sentimientos mezclados de hilaridad y lástima. Pero especialmente hilaridad. La risa es la mejor arma, cerdos capitalistas.
Infiltrado hasta el meollo de la organización, comencé a hacer preguntas, a identificar la pasión que los llevó a levantarse ese domingo y a no jugar videojuegos, a no ir a un café a fumar como una locomotora en reversa, a no decidir quedarse en casa a corregir la ortografía de propios y extraños en Internet. ¿Qué los hace tan diferentes? ¿Por qué no puedo ser como ustedes?
Y este no era uno de esos casos en que los que son diferentes a mí son tontos o patéticos (la mayoría de los casos soy un narcisista muy pendejo y centro del universo); esta vez estas personas tenían algo que envidiaba: estaban felices, y esa felicidad no venía de queso o series de televisión con buenos escritores: venía de algo que es normalmente nefasto... esta felicidad venía de la política. What. The. Fuck.
Y al final por esa razón vine a Trocadéro. No a escuchar las canciones hippies que sonaban en una bocina portátil, no a tomarme fotos para subirlas a Facebook y poder mostrar a los demás mis convicciones, en algo que me gusta llamar turismo ideológico; vine a Trocadéro porque esta gente está más allá de la apatía en un lugar en el que nadie les está pidiendo que se preocupen por el futuro de México.
No me importa a qué candidato están apoyando o qué tan hippies, hipsters son, no me importa que vi en menos de una hora todos los clichés (visuales, escritos y escuchados) del clásico activista y slackstivista mexicano. No importa. Estos sujetos con sus inútiles performances teatrales, con sus canciones melosas sobre esperanza y justicia son más reales que yo, que fui allá para poder escribir esto, no para sentirme parte de una colectividad llena de optimismo. Y ese es el problema: yo soy el problema.
Hacia las cuatro de la tarde había cientos de mexicanos en Trocadéro. Era un miniméxico: cuando la gente pasaba cerca de mí me decía "perdón" o "compermiso", no "pardon", ni "excusez-moi". Claro, tengo cara de indio, pero aun si no fuera así, creo que el caso habría sido lo mismo: abrimos un paréntesis espacial que trajo a México a esa plaza: casi podía oler las tortillas y el humo aceitoso de los camiones, las calles regadas con manguera y casi oía esa mezcla surreal de ciudades grandes y ruidosas con el canto rústico de los gallos (siempre me parece increíble que en México la gente todavía tenga gallos en ciudades grandes).
Mientras me alejaba en el vagón del metro me di cuenta de que mi día no fue muy diferente a las reuniones políticas de mi pasado. Los otros, la mayoría, fueron capaces de una pasión y un compromiso que a mí me parecen extraterrestres, de un optimismo y una energía que yo he reservado para cómics y boobs. No fue muy diferente sentirme a mil kilómetros de sus risas y sus esperanzas. Nada diferente. Me sentí como en casa. Traía, todavía, mi terrible México conmigo.
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| Al final los dejo con esta imagen. Para que recuerden que es muy fácil photoshopear una reunión política y convertirla en otra cosa muy distinta (Carlos Mal). |
